martes, 5 de junio de 2012

Saturno devorando a sus hijos de Francisco de Goya

Sin duda una de las obras más emblemáticas del pintor aragonés. Realizada en una de las paredes de su casa, forma parte de la serie de las Pinturas Negras, una serie de obras que pintó a partir del año 1819 y que posteriormente fueron trasladadas a lienzo, encontrándose actualmente conservadas en el Museo del Prado de Madrid.
Las pinturas negras son muy interesantes porque Francisco de Goya se adelanta a su tiempo y precede en 100 años a lo que posteriormente van a realizar los pintores expresionistas. El contraste de color, las deformaciones, el uso del pincel  y el tipo de temática preludian lo que realizarán estos pintores más tarde.
La pintura representa al dios Crono que creyendo una amenaza para su reinado el nacimiento de sus hijos decide devorarlos para que no le quiten el poder. El paso del tiempo es lo que está presente en la mentalidad de Crono (Saturno en la mitología romana) y en la idea principal que el cuadro quiere transmitir.
Debemos señalar varias cosas interesantes en el cuadro, en primer lugar el uso del pincel. Goya ya no es un pintor detallista sino que pinta a grandes brochazos, extendiendo la pintura de forma desordenada en ocasiones.




El contraste de color es otra característica, vemos que usa una gran variedad de color marrón en su obra, también blanco, pero llama la atención sobremanera el color rojo del cuerpo del niño, la sangre que cae de su cuerpo e impregna también las manos del dios Crono.
Hay una extrema violencia en el rostro de Saturno, que abre tremendamente la boca para intentar comer el trozo de brazo del niño. También lo apreciamos en las manos que aprietan de forma muy fuerte el cuerpo para que no se le escape mientras lo está comiendo.
Por último hay que llamar la atención sobre los ojos, ya que Goya era una maestro en esta técnica, ensanchando las pupilas de maneras que el personaje nos produzca rechazo. En este caso los ojos son tremendamente grandes, dando impresión de que van a salir de sus órbitas, ayudando a aportar todo el dramatismo necesario a la escena.

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